La trampa de la calidad

Imprimir

Editorial de Alberto Cagigas
Director de Castilla y León Económica
Castilla y León Económica Abril 2001
(Gracias por remitírnoslo)

1_-_La_trampa.jpgDurante los últimos años, las administraciones públicas han impulsado la cultura de la calidad en las empresas, sobre todo en las pymes, mediante subvenciones, incentivos, jornadas y eventos con el fin de que estos negocios pudieran lucir los galones de los sellos ISO 9000, ISO 14000, EFQM u OHSAS, entre otros. A las compañías esta política les venía muy bien porque así se veían obligadas a optimizar su gestión y mantener un sistema de mejora continua. Además, quienes hacían los deberes podían presumir de ello gracias a la obtención de esos certificados. Pero con la crisis, el panorama está cambiando porque en los contratos empieza a primar el precio como único parámetro determinante, al excluirse otras consideraciones. De esta forma, las empresas con sellos ISO se encuentran en la tesitura de que empiezan a perder competitividad porque para mantener esos certificados deben afrontar unos costes fijos, como periódicas auditorías y las nóminas de los profesionales que desempeñan esas tareas, pues muchas cuentan incluso con un Departamento de Calidad con su correspondiente director al frente. Si el mercado sólo se fija en el precio de la oferta debido a la ya larga recesión, terminaremos encontrándonos con que las empresas con más marchamos de calidad se quedarán por el camino al verse incapaces de igualar los costes de otras sociedades que no asumen esos gastos. En definitiva, corremos el riesgo de reducir la excelencia de nuestro tejido productivo si en la demanda sólo impera el precio.

 

Esa tendencia es peligrosa pues nos deslizamos hacia un modelo de empresas que tiene su parangón en China, que ofrece al mercado internacional los productos más baratos no sólo por contar con una mano de obra muy económica, sino porque, en general, apenas cumplen con los parámetros de calidad a los que están obligados las empresas europeas y porque las medidas medioambientales brillan por su ausencia. “No hay secretos, hacer artículos baratos con el ecosistema salarial y normativo de China es fácil. Sencillamente, traslado mi fábrica allí y conseguiría reducir los gastos fijos en más de un 40%”, me explicaba hace poco un industrial de Castilla y León.

No andan los tiempos como para ser exquisitos, pero si seguimos priorizando el precio de un producto sobre otros aspectos, tendremos la amenaza de que las empresas se achinen, y no me refiero al rasgo asiático de sus ojos. Si un negocio sólo puede sobrevivir en el mercado mediante el abaratamiento de los productos, empezará a eliminar de su estructura todo aquello que la sociedad deja de valorar, como son los costes asumidos por garantizar la calidad. Desde luego que hay más vías para abaratar la oferta, como la optimización de la producción o la inversión en I+D+i, pero aún así permanece la tentación de suprimir los gastos derivados de la excelencia para dar una vuelta de tuerca más al precio final del producto.

A un desempleado de larga duración no le podemos exigir que en sus compras prime los productos con sellos de calidad sobre otros que son más baratos porque no cuentan con esos certificados, pero sí se lo podemos conminar a los consumidores con cierto poder adquitivo y, sobre todo, a las administraciones públicas, aunque tengan sus arcas llenas de telarañas. Algo falla en el sistema cuando en un contrato público se exige al adjudicatario todo tipo de requisitos y sellos de calidad, pero luego no se requiere a sus proveedores que cumplan con esos parámetros de excelencia. Con este vacío legal, los subcontratistas con ISO se empiezan a quedar fuera del mercado al ser incapaces de ofrecer unos precios más económicos pues tienen que afrontar los gastos fijos de una gestión basada en la calidad. Empresas bien gestionadas según el modelo de la excelencia están empezado a ver que chiringuitos con una mesa, un teléfono y una secretaria como estructura fija empiezan a conseguir numerosos contratos al prevalecer sólo el precio de la oferta. Si las administraciones públicas no corrigen esta situación, nos encontraremos que a medio plazo sólo sobrevivirán las empresas de la Escuela China.